DECORANDO TARTAS EN EL SIGLO DE ORO

 

La fiebre de decorar tartas para convertirlas en objetos comestibles espectaculares parece que es relativamente nueva. Con pasta de azúcar de todos los colores se confeccionan formas y dibujos casi imposibles para cubrir las tartas y transformarlas, con cremas de mantequilla de mil sabores se rellenan o se dibujan ornamentos para hacer todavía más apetecible el conjunto, por nombrar solamente un par de ejemplos. Todo ello para conseguir creaciones espectaculares que entran por los ojos y nos endulzan el paladar.

Foto de Annie Spratt en Unsplash

Parece que es una moda de ahora, pero nada más lejos de la realidad. Allá por el siglo XVI ya existían las decoraciones de tartas que se servían a ilustres comensales de banquetes. A ver si no iba a tener Felipe II su tarta a la moda durante una comilona real.

Existen varios ejemplos visuales de esas tartas, que nos permiten hacernos una idea de la buena pinta que pudieron tener. Unas estaban decoradas con ramos hechos de hojas de laurel y flores incrustadas, otras con decoraciones blancas hechas de azúcar, con ramilletes de romero y colgantes dorados, con coloridos banderines de seda en forma de flor o con dibujos hechos con azúcar glas.

El ejemplo más espectacular lo encontramos en una obra anónima pintada a finales del siglo XVI, en la cual están representados Carlos V y varios descendientes y aristócratas cercanos a la casa de Austria.

Anónimo (atribuido a Alonso Sánchez Coello), Banquete alegórico del gobierno de los Habsburgo sobre Flandes, 1596. Muzeum Narodowe, Varsovia.

El sirviente en la esquina inferior acerca una tarta en una bandeja de plata a la mesa donde se encuentran los comensales. Más llamativo que la propia tarta, vemos el ramo de laurel incrustado en ella, con las hojas pintadas de color dorado y plateado. Encima del ramo, una bandera identificando al comensal más importante, Carlos V, como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, además de una pequeña reproducción de su corona y una ramita de olivo. En la parte posterior de la escena, otro sirviente acercando una tarta más pequeña, pero igualmente decorada con un banderín.

Unas décadas más tarde, la pintora de Amberes, Clara Peeters, nos muestra en uno de sus bodegones, una tarta parecida, esta vez como protagonista de la obra. En el centro del cuadro, se ve una tarta de costra fina con un relleno de color claro. En ella hay pinchado un tallo largo de romero con pequeños colgantes dorados en forma de racimos o de fresas. En los bordes, no solo se han repetido los tallos más pequeños de romero, sino que están acompañados por unas pequeñas flores hechas con alambre y trocitos de tela de colores como pétalos.

Detalle de Clara Peeters, Bodegón con pastel, taza de plata con dulces, porcelana, conchas y ostras. 1612-13. Colección particular, Rusia. Colección fotográfica RKD, La Haya.

Finalmente conocemos otras dos obras anónimas, realizadas también en los Países Bajos meridionales durante el siglo XVII, con bastante parecido a la anterior, la flor central del primer bodegón incluso es del mismo color que las de Peeters.

No obstante, tienen muchísimo más parecido entre sí. Aquí no vemos los ramitos de romero bordeando la pieza, sino unos bastoncillos blancos de azúcar. En la primera tarta incluso parecen velas gracias a que la parte superior está pintada de dorado. ¿Serán un antecesor de las velas reales que se ponen actualmente en los cumpleaños?

Ambas tartas están cubiertas con azúcar glas, del que ya tenemos constancia en esta época, incluso en la primera tarta el pintor ha realizado unos círculos decorativos, como si fuese con las plantillas que se utilizan hoy en día. Las pequeñísimas bolitas en ambos ejemplos, quizás también de azúcar y muy parecidas a las de la tarta de Peeters, terminan de decorar estas elegantes tartas.

Detalle de Osias Beert (al estilo de), Bodegón, 1600-50. Rijksmuseum, Ámsterdam.

Detalle de anónimo, Bodegón, 1600-1699. Ubicación desconocida. Colección fotográfica RKD, La Haya.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sabemos que en las mesas reales y de alta alcurnia, los cocineros tomaban prestadas las aptitudes de grandes arquitectos y escenógrafos para presentar los alimentos en un escenario verdaderamente espectacular.

Estos ejemplos visuales en cambio se acercan más a cómo pudieron haber sido las tartas según los recetarios que nos han quedado de esa misma época, sin dejar de ser tartas hechas para la gente pudiente. Lo que desde luego nos llevamos con estas imágenes es tener una mejor idea de cómo pudieron llegar a la mesa, al estilo del Siglo de Oro.

Nos queda entonces preguntar: ¿Y a qué sabían estas tartas? ¿Eran dulces, saladas, o quizás las dos cosas?

Intentaremos resolver estas incógnitas más adelante…

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